
viernes, 30 de diciembre de 2011
Un... ¿regalo?

martes, 27 de diciembre de 2011
La suerte está echada
viernes, 23 de diciembre de 2011
Problemas domésticos
martes, 20 de diciembre de 2011
Trucos e ilusiones
viernes, 16 de diciembre de 2011
Viaje
martes, 13 de diciembre de 2011
Entropía
Suspiró, por mucho que la apasionara dejarse llevar por aquél torrente de información, tenía que centrarse y empezar a preparar las trampas, señuelos y las rutas de entrada y salida, la misión que le habían encomendado sería crucial una vez empezara todo, el trabajo, pero era ingente y el objetivo casi imposible pero una vez más habían jugado con su orgullo para hacerla bailar a su son…
En el fondo, le gustaba que la retaran a esas cosas, no todos los días se tenía una oportunidad real para demostrar la capacidad que se tenía y alcanzar así a la élite, si aquello iba bien… bueno, cuando aquello fuera un éxito, entraría en la élite por derecho propio y nadie se lo iba a poder negar.
“Ah… la elite”.
Se sacudió la cabeza
“Céntrate, céntrate”
Se movió en la vorágine de datos, cubriendo sus pasos reales y dejando pistas falsas, era metódica incluso cuando se trataba de la aleatoriedad, pero sus conocimientos de entropía hacían aquello fácil y cuando jugaba con la correspondencia era simplemente maravilloso.
Observó las construcciones que se alzaban frente a ella, tras sus paredes vibraban ingentes cantidades de información, tras esas defensas había una tierra prometida. Aún no era el momento, cuando llegara deberían coordinarse a la perfección para ejecutar el plan y que éste tuviera alguna posibilidad de triunfar, aun así según sus cálculos las posibilidades de que todo saliera bien eran irrisorias… y aquello la excitaba y se sentía mucho mas motivada, de haber estado fuera de la telaraña habría ido a por una de las cervezas de su padre y se hubiera dado un buen descanso, ya lo haría más tarde.
Muchos considerarían que lo que estaba haciendo dotaba de un nuevo significado a la palabra aburrimiento, pero los estúpidos sólo consideran estupideces, ella hacía Arte, con mayúsculas, una pequeña obra maestra de la lógica, le encantaba aquello y muy pocos eran capaces de comprenderla, de sentir lo que ella sentía cuando las horas invertidas en todo aquello daban como resultado exactamente aquello que había planeado.
Pese a todo, debía ir con cuidado, ir construyendo poco a poco y volviendo sobre sus pasos, era una tarea que le iba a llevar semanas, pero al menos se libraba de tener que ir a Menorca, no le gustaba viajar cuerpo presente, era primitivo, ineficiente y la obligaba a estar alejada de sus juguetes. Así, con aquél encargo, podía quedarse en casa y seguir paseándose por la Telaraña sin ser molestada.
***
Elsa observaba con detenimiento a Miles y a Dís alternativamente, ambos hacía mucho rato que permanecían inmóviles sin siquiera pestañear, como si fueran estatuas, y sentía como el aire vibraba con una energía que era incapaz de explicar.
Morríghan y ella se miraron, no sabían que estaba ocurriendo y se buscaban mutuamente tratando de obtener una explicación. Ambas se encogieron de hombros al unísono y se sonrieron, tras un último vistazo a los duelistas, optaron por ir al jardín donde entre susurros pasaron horas.
Se descubrieron como personas afines, tenían edades parecidas e incluso gustos parecidos, de no haber estado en bandos opuestos habrían podido llegar a ser grandes amigas, pronto la confianza que se generaba entre ambas les hizo contarse como habían entrado a formar parte de sus respectivas facciones.
Elsa había mostrado sus altas capacidades ya desde niña y la habían educado en internados de la tecnocracia, entrenándola como agente del Nuevo Orden Mundial, cazadora de subversores y garante de la realidad, Morríghan se sabía a sí misma agente de la entropía, era ya consciente de que en cualquier momento le iba a tocar matar a alguien, algo que, por mucho que fuera necesario para el correcto fluir de la rueda, no se sentía capaz de hacer.
También se dieron cuenta de que dadas las circunstancias, eran enemigas acérrimas y en el futuro si Elsa era liberada, probablemente tuvieran que darse caza la una a la otra.
Acongojadas por aquello guardaron silencio sentadas junto a la charca donde nadaban unas pocas y perezosas carpas, la paz del entorno contrastaba con la dureza del futuro.
- ¿Me matarán? – Elsa no lo preguntaba por miedo, ni siquiera por resignación, necesitaba constatar aquello para trazar planes, ya hacía demasiados días que había desaparecido y probablemente ya la habrían considerado desaparecida… o desertora.
- No lo sé, la verdad es que no me cuentan nada. – Morríghan sí hablaba con pesar.- Pero lo dudo, Miles te considera su prisionera y te ha defendido ya varias veces contra los arranques de ira de Hax.
- ¿Miles?
- A parte, Dís considera que tu cumples tu función para con la rueda y no permitirá que te maten sin más.
- Pero me retienen.
- Por ahora, supongo que mas adelante te soltarán.
- ¿Sin más? – incrédula – No me lo creo.
Morríghan se encogió de hombros.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Alanna
El sol nacía en el horizonte, dejando caer sus primeros rayos para que iluminaran la tierra, refulgiendo en las gotas de rocío posadas sobre las briznas de hierba que se convertían en destellantes diamantes que se destacaban en las cimas de las suaves colinas que ondulaban el terreno. En cambio, entre las colinas, la niebla aun reinaba y pese a que pronto se levantaría, en aquél instante le daba al ambiente un aire de misticismo y magia que le quitaban el aliento a Alanna.
Sintió el placentero escalofrío de la maravilla contemplando el contraste de los valles ensombrecidos cubiertos por el mar de niebla y las cimas luminosas del verdor del pasto. Allí de pie, al alba, el frío húmedo de la mañana la rodeaba, calándola hasta los huesos, pero amaba esa sensación y esos instantes en los que su alma se sentía una con el mundo.
La leve túnica blanca que portaba, ceñida al talle por un fino cinto de hilo de oro y plata, con gemas engarzadas, apenas cubría su cuerpo fino y vital mostrando una piel clara, apenas bronceada, las mangas abiertas caían a los lados, siguiendo al cuerpo, mientras Alanna alzaba las manos para saludar al sol. A su espalda, el pelo dorado, con bucles hermosos, también destellaba ante los primeros rayos solares por las cuentas cristalinas y los argénteos cascabeles que la engalanaban.
Era un día especial, era el día de su partida, por eso se hallaba allí, absorbiendo con su mirada hasta el último detalle del paraje más hermoso de su hogar, la esperaba una lejana isla donde los sueños la guiaban, una lejana isla donde la muerte se ceñía inexorable sobre muchos de sus habitantes, muertes que ni podía ni debía evitar, con la salvedad de una sola.
Su círculo la enviaba a ella y sólo a ella, quizás porque era la más joven, con diferencia, de todas las brujas de la zona, las otras eran demasiado ancianas para las pruebas que habría que superar, también porque era la única del círculo que entendía el mundo moderno, las demás apenas salían del bosque.
Miró a sus pies, como siempre que iba descalza las flores habían aparecido y crecido a su alrededor y a sus pasos, la marca de la sanadora decían las ancianas, pasando suavemente la planta de los pies por encima de la hierba sonrió alegre, le encantaba aquél lugar ¿cómo sería su destino? Los sueños no lo mostraban, solo advertían de un gran mal que estaba a punto de mostrarse y que ella era quizás la única que podía evitarlo, aunque aun no sabía por qué en ellos se sentía completa, como si todo su yo fuera uno, sensación que contrastaba tanto con la vacuidad que la embargaba tras esos sueños.
Las ancianas tosieron disimuladamente y Alanna las miró, los rituales debían empezar, las siguió adentrándose en el bosque de robles, antiguos y poderosos, en pos del círculo de piedras, Bretaña era un país hermoso.
Éstas eran de un tamaño considerable, hincadas en el suelo se alzaban varios metros, y en el centro del círculo un altar blanco como la nieve, las ancianas se dispusieron en círculo entre las piedras exteriores, la suma sacerdotisa de pie tras el altar la esperaba. Cuando Alanna se hincó de rodillas ante ella, la sacerdotisa tomó uno a uno varios cuencos y ungió, con lágrimas en los ojos, con todos los aceites de los cuencos los cabellos de Alanna, las ancianas del círculo cantaban todas en la lengua antigua pidiendo a los dioses que protegieran a la joven en su cometido.
Quince eran los años con los que contaba, los cumplía aquél día, y quince fueron los cervatillos sacrificados a los dioses, mientras su sangre era recogida en tinajas y vertida en una especie de bañera, en la que Alanna fue sumergida ceremoniosamente.
Al salir de la bañera, cubierta de la sangre de los cervatillos, con la túnica, ahora roja, pegada al cuerpo y dejando ver todo su cuerpo, Alanna temblaba de frío y sentía unas ganas terribles de llorar, la tristeza y la melancolía era compartida por todas las brujas, Alanna era querida en aquél círculo y su partida era sentida como un sacrificio mayor.
Fue guiada hasta la playa que había al otro lado de la colina y sumergida nuevamente, dejando que las corrientes lavaran su cuerpo y su espíritu, el frío la atacó de nuevo cuando salió del agua, la desnudaron y la secaron en la misma orilla.
Ahora que estaba limpia y seca, la vistieron con una blusa blanca de lino y una falda, también blanca y de lino, que llegaba por debajo de las rodillas, ancha, unas sandalias de esparto. La bolsa de viaje con aspecto de mochila escolar pero de tejidos completamente naturales, preparada mágicamente, llevaba varias mudas así como monedas y billetes modernos y otros productos de primera necesidad.
Alanna se sentía intranquila, iba a dejar los bosques en los que se había criado para adentrarse en un mundo sucio, de metal y plástico, de humos y basura, un mundo en desequilibrio, camino de un lugar desconocido sin conocer apenas la ruta y lleno de gente que no era capaz de comprender… Finalmente no pudo contenerse más y lloró, tenía miedo, y las caricias de la Sacerdotisa sólo consiguieron que llorara con más fuerza, pero no cambiaron de opinión y la guiaron a las lindes del bosque, donde había una carretera por donde pasaban esos carros infernales conocidos como coches que la disgustaban, quizás nunca volvería y miró atrás para ver como se alejaban las ancianas y se perdían en la espesura, ya sólo le quedaban sus conocimientos y habilidades como defensa, ya estaba hecho y no había vuelta atrás.
Alanna empezó a caminar en pos de su destino.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Minivacaciones del relato
sábado, 3 de diciembre de 2011
Entrenamiento
No la habían atado, ni encerrado, ni siquiera la habían golpeado ni amenazado, sólo el collar que le habían puesto y que era incapaz de quitarse, se podía mover con casi total libertad por la casa, pero nada más, cada vez que se acercaba a los límites el collar brillaba y se calentaba, también se le hacía cada vez más complicado seguir caminando, se le agarrotaba el cuerpo y pronto aparecían calambres cada vez más dolorosos.
No le gustaba admitirlo, pero era el mejor sistema de contención que había visto nunca entre los subversores, llevaba días buscando la manera de burlar el sistema pero no había manera. En esos días había visto el día a día de aquel grupo…
El pálido al que llamaban Dís estaba adiestrando a la joven nerviosa, que se llamaba Morríghan, luego una joven que iba y venía siempre con ordenadores, una maldita adepta virtual, cada vez que la veía le entraban ganas de golpearla, su traición les había causado incontables contrariedades a lo largo de los años. Luego estaba el que la había capturado, Miles, del subgrupo que se llamaba a sí mismo “Orden de Hermes”, equivalentes en peligro a los adeptos, pero con una molesta tendencia a destruirlo todo a su paso.
Pese a todo, el día a día de aquellos subversores no era nada del otro mundo, tampoco peligroso, Miles pasaba muchas horas elaborando joyas y obras de artesanía o combinando ingredientes en una suerte de juego de química elemental y primario, la adepta no se centraba en nada concreto y los otros dos seguían con las lecciones.
Le daban de comer regularmente y apenas trataban con ella, no sabía cómo tomárselo aunque suponía que la habían capturado de forma inesperada, no con una emboscada preparada de antemano, era como si no supieran que hacer con ella.
Aquél día sí que había algo novedoso, Miles y Dís estaban en una sala amplia, frente a frente con estoques en las manos, en la galería superior Morríghan se había recostado con los codos sobre la barandilla y apoyando su barbilla en la mano izquierda, llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y miraba con interés a los dos contendientes. Ella se puso al lado de la chica y se dispuso a mirar.
Miles y Dís se miraban, apenas pestañeaban, al unísono se saludaron con los estoques, apenas un suspiro después empezaron las hostilidades, entrechocaron rápidamente los hierros, tanteándose, avanzaban y retrocedían, lanzando estocadas mortíferas y defendiéndose. Se movían en círculo, atacando y defendiendo, defendiendo y atacando.
Tenía la impresión de que sólo estaban calentando, y así era, pronto las espadas se convirtieron sólo en un complemento y empezó el intercambio de hechizos. Miles aprovechó un momento en el que se había acercado a Dís para lanzar una llamarada contra él al grito de “ignis”, la esquivó a duras penas girando sobre sí mismo y lanzando un tajo que generó una potente ráfaga de aire que desequilibró a Miles, con una sonrisa Dís no dejó pasar la oportunidad y cargó, pero el espacio que ocupaba Miles ahora estaba vacío, un pequeño estallido delató su posición, dos metros por encima de su cabeza y precipitándose hacia Dís, el cual, a su vez, también se teleportó, unos metros más allá poniéndose a la espalda de Miles mientras la espada de este se estrellaba contra el suelo. Dís avanzó un paso, moviendo todo el cuerpo, concentrado y haciendo un gesto en el aire con la mano abierta, casi como si diera un zarpazo de abajo a arriba, varias baldosas fueron arrancadas y proyectadas hacia Miles, quien apenas tuvo tiempo para conjurar una especie de barrera mientras gritaba “Scutum”, las baldosas se hicieron añicos.
En apenas unos segundos había pasado todo esto, Morríghan miraba fascinada, ella también, el combate era casi hipnótico. Mientras los restos de las baldosas se esparcían por el suelo Miles se recolocó las gafas, tenía la frente perlada de sudor, movía los labios pero no podían oír lo que decía, cuando los abrió de nuevo avanzó a la carrera, Dís se preparó para contener el ataque.
Miles chasqueó los dedos, Dís se hundió varios centímetros en el cieno que se había formado bajo él, a punto de perder la estabilidad se mordió un dedo con furia, abriéndose una herida y lanzó dos gotas de sangre contra el ya muy cercano Miles, que frenó en seco tratando de evitar el contacto con las gotas, una golpeó la espada, sin mas efecto, pero la otra fue a parar en su antebrazo, se le crispó la mano y dejó caer la espada. Retrocedió dos pasos, ambos se miraron largamente, completamente inmóviles.
La adepta se había situado a su lado, en la galería, y murmuraba algo incomprensible.
- ¿Perdón?
- Que siempre están igual, perdiendo el tiempo con eso en vez de aprender a hacer cosas útiles. – La adepta siempre hablaba con bastante rudeza.
- Déjalos, Hax, sólo entrenan y me gusta esto de ser la que mira por una vez.
- Morr, tú deberías estudiar ahora mismo, ya va siendo hora de que empieces a ser capaz de hacer algo útil.
Morríghan resopló y dirigió su mirada hacia la prisionera.
- Aún no nos has dicho cómo te llamas – sonrió con amabilidad.
- Eh… m-me llamo Elsa.
- Yo soy Morríghan, me alegro de que al fin haya otra mujer aquí, pese a las circunstancias… - bajó la voz, algo apesadumbrada mientras miraba el collar.
- ¿Y yo que soy? – Haxor, irritada.
- ¿El que necesites preguntarlo no te da la respuesta?
Elsa no pudo evitar que escapara una leve risa, era la primera vez en años… Morríghan parecía una mosquita muerta pero de vez en cuando parecía que sacaba carácter, Haxor, por su parte, se dio la vuelta, indignada, y se fue sin despedirse.
Abajo, Miles y Dís se disponían a comenzar de nuevo